Sus colores se fueron apagando y sus vivaces ojos cerrando poco a poco. Abundio se fue un buen día a un lugar dónde, seguramente, los higos ya no serán cuadrados, las patatas no crecerán hacia abajo, y las cucharas no cortarán por encontrarse demasiado afiladas.
Allí estará haciendo un cesto que llenará de sonrisas y, seguro, reunirá un corro de gente a los que contar su vida. Nosotros la seguiremos escuchando, una y otra vez, sin cansarnos, como si fuese la primera vez que nos cuenta la historia de aquella hoz que servía de paraguas por la mañana y apenas se veía por la tarde.
Abundio era la voz de la experiencia, del hambre de postguerra, de la lucha por el pan y, la razón y la verdad, conseguidas a base de sacrificio. Abundio era una sonora carcajada que resumía una vida de esfuerzo, con la satisfacción de mirar al pasado con el orgullo de haber construído un mundo, el suyo y el de una familia que le quería y admiraba, al igual que cuantos pudimos conocerle.
Abundio nos ha ayudado a comprender de nuevo que la vida eterna es el recuerdo que dejamos a los nuestros, y para mí, el se la ganó en el mismo momento en que lo conocí.
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