22 may, 2013

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Abundio

Sus colores se fueron apagando y sus vivaces ojos cerrando poco a poco. Abundio se fue un buen día a un lugar dónde, seguramente, los higos ya no serán cuadrados, las patatas no crecerán hacia abajo,  y las cucharas no cortarán por encontrarse demasiado afiladas.

Allí estará haciendo un cesto que llenará de sonrisas y, seguro, reunirá un corro de gente a los que contar su vida. Nosotros la seguiremos escuchando, una y otra vez, sin cansarnos, como si fuese la primera vez que nos cuenta la historia de aquella hoz que servía de paraguas por la mañana y apenas se veía por la tarde.

Abundio era la voz de la experiencia, del hambre de postguerra, de la lucha por el pan y, la razón y la verdad, conseguidas a base de sacrificio. Abundio era una sonora carcajada que resumía una vida de esfuerzo, con la satisfacción de mirar al pasado con el orgullo de haber construído un mundo, el suyo y el de una familia que le quería y admiraba, al igual que cuantos pudimos conocerle.

Abundio nos ha ayudado a comprender de nuevo que la vida eterna es el recuerdo que dejamos a los nuestros, y para mí, el se la ganó en el mismo momento en que lo conocí.

 

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Vino de la tierra

El sordo sonido del cristal sobre la barra le sacó de sus ensoñaciones. "Tómese otro", dijo el camarero extendiéndole un nuevo vaso de vino de pitarra. Cogió el minúsculo recipiente, lejano y tosco antepasado de las finas copas de bohemia en las que solía beber sus caldos, y miró al trasluz su contenido. Color violáceo, pensó, entre púrpura y cereza. Abierto, muy abierto, aunque la escasa longitud del vaso y el hecho de que casi rebosara le impidiera una mayor apreciación. Lo acercó a la luz del fluorescente que parpadeaba a sus espaldas y determinó que era luminoso, sin duda un vino joven, posiblemente de aquel mismo año. Sin embargo su turbieza le infería poca confianza.

Aproximó tímidamente su olfato, con la intención de no parecer pedante delante de aquel público que se entretenía a mirar sin ver la televisión, o se perdía entre golpes sobre el tapete de una partida de cartas. Sorprendentemente era franco. Su aroma inicial no desprendía ningún pico sospechoso y rápidamente su pituitaria se vio inundada por aquel aroma tan característico de media intensidad. Intentó identificar sus aromas primarios y varias frutas del bosque se aproximaron a su imaginario olfativo. Estaba a punto de dictar mentalmente su diagnóstico cuando una palmada en la espalda le devolvió a la realidad de aquella taberna de pueblo. "No se esmere", señaló el desconocido que acababa de golpear con rotundidad su dorso, "huele a gata".

El joven enólogo recordó la vieja historia que había escuchado de pequeño en Plasencia. Contaba que en un bar de la calle Ancha había tres cubas de vino, presumiblemente todas de la misma cosecha. Sin embargo todos los clientes preferían tomar sus chatos de la tinaja central. Dicen que con el tiempo, cuando el bar cerró y fue desmantelado, en la cubeta del medio apareció el esqueleto raído de un viejo gato que era el que obsequiaba al caldo con aquel sabor tan peculiar y apreciado. No podía concebir que aquella leyenda urbana fuera realidad.

"Huele y sabe a Gata, a sierra de Gata", especificó sin caer en su abstracción el lugareño.

"¿Y a qué huele y sabe la sierra de Gata?" preguntó divertido el joven catador.

Huele a equilibrio, a frescor e historia, a tradición y progreso, a calidez, a amistad. Huele a hierba y tierra después de llover y al sol castigando una piel abrasada en el campo. Huele a Extremadura. A la matanza curándose en la cuadra y a la piedra de su historia milenaria. Huele a regatos, rios, campos y praderas. Huele a roble, a vid, a olivo y hasta a una cesta de setas bajo el brazo. Huele a los ojos de la mujer más linda y al fornido pulso de un zagal en el bar. Huele a casa, a hogar, a una historia en la lumbre y a una mirada vidriosa de nostalgia al volver al pueblo. Huele a noches de verbena, a romerías y a la charla de las solaneras sobre el empedrado de una calle cualquiera. Huele a sinceridad, a afecto, al abrazo de un amigo y al primer beso furtivo en el pinar. Huele al viento de la sierra, al amanecer en Santa Olalla o a leña de una chimenea en Robledillo al despertar.

"No se esfuerce", continuó, "todos esos aromas los podrá identificar cuando lleve aquí unos días. Es nuestro buqué particular".

El blog de Educatierra

Es para mi todo un placer inaugurar esta nueva sección de la página web de Educatierra. Sus blogs. En esta sección los distintos componentes de la asociación, y un servidor, aprovecharemos el espacio que se nos brinda para disertar sobre distintos temas de interés medioambiental.
 
Para comenzar me gustaría hacerlo hablando de la propia asociación. Educatierra llegó a mi de la mano de un gran amigo, Alberto Cañedo, alcalde de Carcaboso, que enseguida me contagió su entusiasmo por el medioambiente y algunos temas, como la agroecología, que para mi eran, y siguen siendo, todo un misterio.
 
Mi posición como concejal de desarrollo sostenible en el ayuntamiento de Plasencia me abría un extenso horizonte de posibilidades que, aún hoy, a veces me asustan por considerarme un neófito en la materia, un completo desconocedor de sus secretos y por el temor a no poder responder con solvencia a las exigencias del puesto.
 
Sin embargo los componentes de Educatierra, entre otros colectivos, pero especialmente ellos, me han ayudado a adentrarme en este mundo y apasionarme por él, satisfaciendo por una parte mi continuo interés por aquellas cosas en las que me involucro, y por otra mi necesidad de respuesta a un compromiso con los ciudadanos y ciudadanas de Plasencia que esperan que sus políticos estén a la altura.
 
No sé aún si lo estaré, aún me queda muchísimo que aprender, pero es gracias a colectivos como Educatierra y sobre todo, la calidad humana de sus miembros, por lo que me considero entusiasmado por este mundo y sus entresijos.
 
Un abrazo 

El huerto del colegio

Recuerdo cuando planté mi primer árbol. Tenía aproximadamente 10 años, poco más que los niños de Chelo hoy, y asistía al colegio en un pequeño pueblo de la costa gallega llamado la Guardia. Recuerdo el cariño que le pusimos a aquel plantón sembrado en un bidón de hojalata y cómo cada día salíamos a cuidarlo con la idea de verlo crecer rápidamente. Por supuesto se tomó su tiempo, y cuando sus ramas empezaron a brotar tuve que abandonar aquel colegio, aquel pueblo y aquel árbol, que siempre quedaron marcados en mi memoria.
 
Hace 2 años, 24 después, regresé a aquella villa marítima. El colegio estaba abandonado. Las sillas se apilaban en el patio esperando ser recicladas y las puertas y ventanas ya no escondían el ensordecedor bullicio de niños repasando la tabla de multiplicar o las preposiciones de carrerilla, pero allí, justo delante de la puerta de la que fuera mi clase se erguía un robusto olmo. Había sido transplantado y ahora se alzaba en un parterre que sus raíces habían levantado y se erigía en dueño y señor de un patio en el que de tantos juegos infantiles había disfrutado. Me sentí orgulloso de haber contribuido a que aquel árbol hubiera regalado su sombra a más de dos décadas de alumnos de aquel colegio vigilando sus juegos, sus sueños, y viéndolos crecer.
 
Cuando Chelo me propuso la creación de un huerto  en el colegio me acordé de aquel árbol y de la emoción que me había inundado al verlo 24 años después, y quise contribuir modestamente a que sus alumnos pudieran experimentar la misma sensación.
 
No quiero arrojarme méritos que no son míos. El huerto del colegio es una idea de Chelo que con la inestimable ayuda del siempre voluntarioso Juan Antonio se ha hecho posible. Pero los verdaderos artífices del mismo son los niños y niñas de la clase, quienes con ilusión y entusiasmo contagiosos han ido haciendo viable este proyecto. Yo sólo he disfrutado de su curiosidad, de su interés por aprender y de su sensibilidad hacia el medio ambiente confirmando que, aunque aún muy pequeñas, estamos dejando el planeta en buenas manos.
 
No quiero olvidarme tampoco de Elena Arroyo, de la asociación Educatierra, uno de los motores de este proyecto, quien altruistamente ha sabido contagiarnos a todos su pasión por el medio ambiente y convencernos de que con cariño, ilusión y métodos tradicionales, sin productos químicos ni elementos nocivos, podemos obtener deliciosos frutos y hortalizas y, además, preservar el entorno para que dentro de 24 años alguno de nuestros niños pueda contemplar con emoción el árbol que plantó en el colegio.